Tuesday, June 6, 2017

Cada uno cosecha lo que siembra



Una mañana una mujer bien vestida se paró frente a un hombre desamparado, quien lentamente levantó la vista... y miro claramente a la mujer que parecía acostumbrada a las cosas buenas de la vida. Su abrigo era nuevo. Parecía que nunca se había perdido de una comida en su vida.

El primer pensamiento del hombre fue: “Solo se quiere burlar de mí, como tantos otros lo habían hecho...”

“Por Favor Déjeme en paz” - gruñó el hombre...

Para su sorpresa, la mujer siguió enfrente al hombre. Ella sonreía.

"¿Tienes hambre?" preguntó ella.

"No" - contestó el hombre sarcásticamente - “acabo de llegar de cenar con el presidente... ahora ya váyase."

La sonrisa de la mujer se hizo aún más grande.

De pronto el hombre sintió una mano suave bajo su brazo.

"¿Qué hace usted, señora?" - preguntó el hombre enojado – “déjeme en paz”

Justo en ese momento un policía se acercó.

"¿Hay algún problema, señora?" - le preguntó el oficial.

"No, señor oficial” - contestó la mujer - "sólo estoy tratando de ayudar al señor para que se ponga de pie, ¿me ayuda?

El oficial se rascó la cabeza.

"Si, el Viejo Juan, ha sido un estorbo por aquí por los últimos años” - dijo el oficial – “¿Qué quiere usted hacer con él?"

“Quiero darle algo de comer y sacarlo del frío por un ratito" – contestó ella “quiero llevarlo a la cafetería de la esquina”.

"¿Está segura, señora?"

El pobre desamparado se resistió - "Yo no quiero ir ahí”.

Entonces sintió dos fuertes manos agarrándolo de los brazos y lo levantaron.

"Déjame ir oficial, yo no hice nada"

"Vamos Viejo. Esta es una buena oportunidad para ti" - el oficial le susurró al oído.
  
Finalmente, y con cierta dificultad, la mujer y el agente de policía llevaron al Viejo Juan a la cafetería y lo sentaron en una mesa en un rincón de la cafetería. Era más del mediodía, la mayoría de la gente ya había almorzado.

El gerente de la cafetería se acercó y les pregunto - "¿Qué está pasando aquí, oficial?

"La señora trajo a este hombre aquí para que coma algo" - respondió el policía.

"Oh no, aquí no" - el gerente respondió airadamente al ver al pobre hombre - "tener una persona como ésta aquí es malo para mi negocio”.

El Viejo Juan esbozó una sonrisa con sus pocos dientes.

"Señora, se lo dije. ¿Ahora, si van a dejar ir? Si yo no quería venir aquí desde un principio."

La mujer se dirigió al gerente de la cafetería y sonrió - "Señor, ¿está usted familiarizado con Hernandez y Asociados, la firma bancaria que está a dos calles?"

"Por supuesto que los conozco" - respondió el administrador con impaciencia - "Ellos tienen sus reuniones semanales en una de mis salas de banquetes."

"¿Y ganan una buena cantidad de dinero con el suministro de alimentos en estas reuniones semanales?"

"Bueno, sí, pero ¿y eso que le importa a usted?”

“Mucho gusto, señor, yo soy Penélope Hernandez, presidente y dueña de la compañía".

“Oh, mil perdones” - dijo el gerente.

La mujer sonrió de nuevo.

"¿Le gustaría tomar con nosotros una taza de café, oficial?" – preguntó la señora al oficial.

"No, gracias, señora, estoy en servicio".

"¿Quizá una taza de café para llevar?"

"Sí, señora. Eso está mejor"

El gerente de la cafetería giró sobre sus talones como recibiendo una orden.

Le traigo el café de inmediato, señor oficial".

El oficial al verlo ir opinó - "Ciertamente, lo ha puesto en su lugar".

"Esa no fue mi intención” - dijo la señora – “Lo crea o no, tengo una buena razón para todo esto".

Se sentó a la mesa frente a su invitado a cenar y lo miró fijamente.

"Juan, ¿te acuerdas de mí?"

El viejo Juan miro el rostro de ella, con los ojos lagañosos.

"Usted se me hace familiar, pero necesito que me ayude a recordarle".

"Mire Juan, quizá estoy un poco más grande, pero míreme bien" - decía la señora - "tal vez me veo más llenita ahora, pero cuando tu trabajabas aquí hace muchos años vine una vez, y entré por esa misma puerta, muerta de hambre y frio."

A la señora se le empezaron a salir las lágrimas - “Yo acababa de graduarme de la Universidad en mi pueblo natal y había llegado a esta ciudad en busca de un trabajo, pero no podía encontrar nada” - con la voz quebrantada la mujer continuaba – “se me acabó el dinero y me habían corrido de mi apartamento. Caminaba por las calles, era febrero y hacía frío y casi muerta de hambre vine a este lugar, entré con una poca esperanza de conseguir algo de comer" - con lágrimas en sus ojos la mujer seguía platicando.

"Si, si, ahora me acuerdo", dijo Juan, sonriendo - "yo estaba detrás del mostrador y usted se acercó y me preguntó si podría trabajar aquí a cambio de algo de comer”.

“Y me dijiste que no te atrevías porque tu jefe no estaba y podías buscarte un problema” - continuó la mujer – “fue entonces que me hiciste el sándwich de jamón y queso más grande que había visto en mi vida, me diste una taza de café, y me fui a este mismo rincón a disfrutar de mi comida. Tenía miedo de que te metieras en problemas, pero cuando te miré te vi a poner el precio de la comida en la caja registradora, y así supe que todo estaba bien".

"¿Y cómo comenzó su propio negocio?" - el viejo Juan le preguntó.

"Salí de aquí con nueva energía, contenta, sin hambre, y con una vieja manta para cubrirme del frío que me regalaste, y esa misma tarde encontré un trabajo. Trabajé muy duro, y fui ascendiendo poco a poco en la empresa. Hice unos buenos ahorros y eventualmente empecé mi propio negocio”.

Ella abrió su bolso y sacó una tarjeta - "Cuando termines de comer aquí, por favor, quiero que vayas a ver al señor Martínez. Él es el director de personal de mi empresa. Iré ahora mismo a hablar con él y estoy segura de que encontrará algo para que puedas hacer algo en la oficina".

Ella sonrió - "creo que incluso podría darte un adelanto, lo suficiente para que puedas comprar algo de ropa y conseguir un lugar para vivir hasta que te recuperes, y si alguna vez necesitas algo, mi puerta estará siempre abierta para ti, Juan."

Se llenaron de lágrimas los ojos del anciano - "¿cómo voy a agradecerle?

"No hace falta" - respondió la mujer - "Soy YO quien vino a darte las gracias”.