Había un Rey que siempre cuestionaba cada cosa que le pasaba.
Tenía un siervo que en todas las situaciones le decía “Mi rey, no se desanime
porque todo tiene un propósito, todo pasa por una razón”.
Cierto día el Rey salió a cazar
y de pronto una fiera lo atacó. Su siervo consiguió ahuyentar de inmediato al
animal, pero no pudo evitar que el Rey perdiese un dedo de su mano en dicho
ataque.
Con el corazón agitado, el
siervo le dijo al Rey: “Mi rey, no se desanime porque todo tiene un propósito,
todo pasa por una razón”.
Furioso y sin mostrar gratitud
por haber sido salvado, el Rey le contestó: “¿Estás seguro de que todo tiene un propósito? ¿Cómo puedes decirme ahora que no me desanime si acabo de
perder un dedo?”.
Indignado con el siervo, el Rey
lo mandó a encarcelar.
6 meses después, el Rey salió a
otra cacería y en esta ocasión fue capturado por indios salvajes que hacían
sacrificios humanos.
En el altar, listos para
sacrificarlo, un indio percibió que la víctima no tenía uno de los dedos y lo
soltaron: entendieron que el Rey no era perfecto para ser ofrecido a sus
dioses.
Al volver a su palacio, el Rey
mandó a soltar a su siervo y lo recibió muy afectuosamente diciendo “Mi siervo,
por fin he logrado comprender tus palabras de siempre. Acabo de escapar de
ser sacrificado por los indios salvajes, y justamente por no tener un dedo, pero tengo una duda: si todo tiene un propósito, ¿qué razón puede justificar
ahora que hayas estado preso 6 meses?”
El siervo le contestó con mucha
humildad: “Mi Rey, si hubiese ido con usted en esa cacería como
de costumbre, yo habría sido sacrificado en su lugar, pues a mí no me falta
ningún dedo. Por eso, recuerde: todo tiene un propósito, todo pasa por una
razón”.

